María Parra

El Verdadero Artista busca la Belleza y la Verdad

El Verdadero Artista busca la Belleza y la Verdad

18/11/2014 - El Arte de la Fuga. David Rodríguez Cerdán

DAVID RODRÍGUEZ CERDÁN /

Con el corazón desmigado entre La Mancha, Tarragona y París, la pianista María Parra lleva años preparándose para este momento. No pudo ser antes, pero tampoco debía postergarlo mucho más. Tenía que ser ahora. Y así ha sucedido Rêverie, su debut discográfico en el prestigioso sello Verso. Ella no lo niega ni se lo calla: han sido muchos los años de lidia y no pocos los obstáculos a superar durante un viaje que no sólo le ha permitido restañar las heridas del pasado o conocerse a sí misma tal como prescribe el famoso aforismo délfico, sino también madurar su pianismo hasta desprenderlo de la rama. Para una perfeccionista como ella, la prisa es mala consejera. Sobre todo si precipita a las baratas luces de la fama en lugar de conducir a esos sustentos últimos del artista que son la verdad y la belleza. Lo piensa y lo siente una alumna cum laude de la venerada Alicia de Larrocha para quien la música –esa vida liberada de toda pesadez, como ella gusta decir– es tan connatural como el ritmo de los pulmones. Al igual que su ilustre preceptora, María Parra sabe que la justeza interpretativa sólo se escancia tras muchas horas soledosas frente a la partitura y que ésta no es óbice para aquella demasía del corazón que refería Arnoldo Lieberman a propósito de Granados. Pero lejos de quedar sus recientes alegrías confinadas a un ensueño de pistas concéntricas o a una serie de catárticos recitales, nuestra pianista también celebra otras estos días de otoño: dos hijas maravillosas que son su mejor obra y el lucero que la guía en el camino y el éxito de una segunda edición del Bouquet Festival tarraconense que, en calidad de directora, clausuraba el pasado mes de septiembre entre clamores y estimulantes perspectivas de futuro.

ADF: Para empezar, ¿cómo se describiría María Parra a sí misma frente a un espejo?

MP: Luchadora, tenaz, apasionada, perfeccionista, sensible, empática, soñadora, comprometida, rebelde (con causa), solidaria, paciente…

ADF: En su página web nos da una pista sobre uno de sus rasgos más elocuentes como persona y como artista –la tenacidad– al hilo de un pensamiento de Antonio Porchia: “si no deseamos lo imposible, no deseamos, o hemos dejado de desear”. ¿Diría que el viaje hasta aquí ha sido duro?

MP: Muy duro, sin lugar a dudas, con muchas travesías por el desierto, con momentos de duda y desánimo, envites y caídas, pero siempre, siempre, me he vuelto a levantar y me he dicho: adelante, hay que seguir…” Al final lo único que da sentido a una vida es creer en algo y poner toda tu energía en ello; de lo contrario, uno se siente perdido e invadido por el vacío y el miedo.

ADF Hay otra sentencia colgada en su página web –y en este caso, de cosecha propia– que describe muy bellamente lo que es para usted la música: “la música es la vida liberada de toda pesadez”. ¿Considera que, habida cuenta de esa “pesadez”, se ha devaluado el arte de escuchar?

MP: En ese aspecto diferenciaría por un lado al “hacedor” de esa música –llámese “creador” o “intérprete”– del receptor de esa música. El primero busca un modo propio de concebir la vida a través del mundo sonoro, propio o ajeno, y en este plano vital me atrevería a decir que el músico, en todas sus facetas, se ve liberado de esa pesadez existencial a la que aludo. Por otro lado está el que escucha, el oyente, quien a su vez puede verse aliviado o transportado a otra dimensión también menos “mundana” o más “liviana” que le es gratificante y liberadora. Evidentemente, cabe pensar en otro tipo de oyente que no sea capaz de implicarse tanto en el proceso de escucha y que, por lo tanto, no pueda responder a ese input o estímulo sonoro con un halo de luz o de emoción.

ADF: …Todavía sin abandonar su página web, y justo unas líneas por encima de lo anterior, asoma un pesar suyo sobre la mercantilización de la vida y el arte… ¿Se equivocan los apocalípticos al pensar que estamos abocados a una implosión cultural?

MP: Ese es el peligro al que nos vemos abocados los seres humanos en todo momento y en todo ámbito: me refiero a rentabilizar el esfuerzo y el tiempo empleados sin ahondar en el terreno espiritual que nos es inherente y, el cual, por desgracia, resulta en muchos casos desatendido. Toda sociedad, por muy desarrollada que parezca, no podrá presumir de nada si no cuida y protege la educación cultural de sus ciudadanos desde la infancia, y esa negligencia de nuestros gobernantes puede tener graves consecuencias, hasta el punto de hacer estragos en la salud mental y emocional de las personas. Muy lejos del tópico de que el músico o artista vive del aire, sí es cierto que el verdadero artista va en la búsqueda de belleza y verdad; ésta es su motivación primera, y tal premisa, en ciertos casos, ocupa todo su tiempo.

ADF: A juzgar por su visión artística y ética del mundo, diríamos que las fronteras y demarcaciones no van con usted. Aparte del de Berlín, ¿cuántos muros más deben caer para que seamos algo más libres?

MP: Estoy totalmente convencida de que todos estamos aquí para hacer algo que suponga implicarnos en  un proyecto vital propio y que, al mismo tiempo, nos aboque hacia “un algo” o “un alguien” más universal. Para ser libre hay que perder el miedo a lo impuesto y a lo conocido y arriesgar. El muro que más urge derribar es precisamente el de las propias barreras que cada uno de nosotros nos autoimponemos por convencionalismos o como respuesta a la expectativas ajenas… ¡Ésta es la auténtica revolución! Aquello de “cambia en ti lo que no te guste o lo que no te haga feliz y cambiarás el mundo” no es un tópico, ya que todos funcionamos como un espejo.

ADF: Entre los numerosos profesores que han marcado su formación como pianista, destaca especialmente su paso por la Academia Marshall bajo la atenta supervisión de la inolvidable Alicia de Larrocha, una de las grandes damas del piano universal. Tenemos entendido que usted fue una de las pocas pianistas que obtuvo el máster mientras ella dirigió la institución…

MP: Por la Academia Marshall, templo indiscutible, desde su creación por Granados, del pianismo y del repertorio español, han pasado muchos pianistas que sin duda han sido impregnados por la impronta del espíritu de esta institución centenaria. Sin embargo, también es cierto que son pocos los que, acogiéndose al Máster de Música Española bajo la supervisión cercana de Alicia de Larrocha, pudieron optar a dicho diploma. Fue una coyuntura muy precisa en la que unos pocos pudimos disfrutar, con cierta asiduidad, de su arte y entrega como pedagoga, ya que en aquella época no frecuentaba tanto los escenarios y pasaba bastante tiempo en Barcelona.

ADF: A menudo la crítica discierne cualitativamente entre unos intérpretes y otros basándose en un virtuosismo entendido como procedimiento mecánico y tal vez soslayando otros tipos de compromiso artístico que no tienen tanto que ver con la ejecutoria, sino con la interiorización de una estética. Pienso en Keith Jarrett, en Josep Colom o en Fazil Say, pianistas que han preferido recorrer un camino de mayor libertad expresiva… ¿No le parece que seguimos dependiendo demasiado del estereotipo dieciochesco del virtuoso?

MP: Me gustaría escuchar a través de una rendija en el tiempo si realmente los virtuosos del dieciocho eran tan pulcros… Clara Schumann, pianista virtuosa, conocida y respetada por sus congéneres y coetáneos músicos, reconocía, ya entonces, que si se dejaba llevar por la pasión y la emoción era muy difícil no hacer alguna nota falsa –según hizo constar, muy honestamente, en su diario y cartas–. Creo que, como humanos, tenemos la obligación de interiorizar cuanto antes una certeza: no somos perfectos. Si lo fuéramos, seríamos máquinas, pero las máquinas no emocionan. No hay que olvidar que trabajamos con material sensible y emocional y eso implica riesgo. Lo más interesante es llegar al límite honesto entre la destreza técnica y la entrega emocional.

ADF: Su debut discográfico –Rêverie–, ha sido descrito como ‘un sueño hecho realidad’, en alusión al propio título del álbum. Más allá del fácil juego de palabras, ¿qué ha supuesto para usted la gestación y producción de su debut discográfico? ¿Cuánto tiene de biográfico este paseo por los pianos de Schumann, Albéniz, Debussy y Granados?

MP: Rêverie es un proyecto que cae como una fruta madura del árbol en el justo momento, ni antes ni después. Cierto es que hay un proceso previo, una gestación –como muy bien señala–, y en el mismo hay varios aspectos biográficos concatenados en el tiempo. Por un lado, y tras arduas vicisitudes, el hecho de darme cuenta, con gran alegría, de que todo tiene un sentido; que el haber dedicado toda una vida a la música tiene una coherencia. Que toda esa música que escuché de los grandes aun antes de empezar a balbucear mis primeras palabras, ese mundo sonoro que me nutrió desde el principio de los tiempos, ese íntimo deseo infantil de llegar a ser concertista de piano a pesar de las discrepancias de unos u otros, no ha sido en vano. Hay pues, en este disco, un homenaje a la María niña –o a la infancia en general– que no abandonó sus sueños: lo representan las obras de Schumann Kinderszenen y la Children’s Corner de Debussy. Ambos fueron compositores que, ya siendo adultos y padres, rebuscaron en su interior para encontrar a ese niño que nunca habían abandonado. Las obras de Albéniz y Granados constituyen un repertorio que llevo conmigo hace años y es un sentido homenaje y gratitud a Alicia de Larrocha por la transmisión de un legado musical en el que era la máxima autoridad. Por último, el bonus track es un guiño a París y al descubrimiento personal que allí tuvo lugar en relación a lo que suponía ser pianista profesional. Fue mi verdadera iniciación y toma de conciencia.

ADF: Poco antes de grabar tuvo ocasión de tocar unos meses antes el mismo programa en la Sala Eutherpe de León o en el Ateneo madrileño… ¿De qué manera influyó este engrase a la hora de acometer las sesiones de grabación del álbum?

MP: Cualquier ocasión para interactuar como músico con un público hace que el hecho musical, ese ‘aire sonoro’, como a mí me gusta llamarlo, cobre sentido y cobre vida. Por mucho que lleves dentro una idea estética, un trabajo profundo –muchas veces intelectual y técnico– sólo ante el público las obras maduran y encuentran su discurso fluido, su razón de ser. En el caso de la grabación de Rêverie, resultó primordial el hecho de haber tocado el programa tan solo dos días antes en mi ciudad, en mi festival, todavía con el corazón palpitando por la emoción de ese día y la buena acogida del público. En la sesión de grabación eché el resto.

ADF: Su miniatura Llueve sobre París, más allá de ser una amorosa dedicatoria a la ciudad de la luz, dice mucho de usted como creadora. Entre otras cosas, que el repertorio del piano clásico comparte en su interior habitación con el jazz. Háblenos de sus amores musicales…

¡Tengo muchas habitaciones en mi interior y muchos amores! [risas]. También hay una para el flamenco, otra para el tango, una para la música sacra, otra para la música popular o el rock… Es quizás mi espíritu abierto y curioso lo que me ha permitido ahondar en otros tipos de música y buscar cuáles, aparte de la clásica, me llenan y estimulan. En el momento de componer es cuando más rienda suelta doy a otros estilos, supongo que como una forma de lograr un equilibrio.

ADF: ¿Quién puede más, la María Parra intérprete o la María Parra compositora? ¿O nos equivocamos al pensar que se llevan muy bien la una con la otra?

Se llevan estupendamente. Prima la María intérprete ya que es la que más he cultivado. La compositora ocupa un segundo lugar muy modesto y sin grandes pretensiones pero que contribuye a satisfacer tanto mi faceta innovadora como la creadora.

ADF: Por no mencionar a la tercera María en discordia –o en armonía–: la María Parra gestora. Y es que no contenta con emprender una carrera como intérprete y compositora, lleva dos años dirigiendo el muy exitoso Bouquet Festival de Tarragona, un singular encuentro de música clásica, flamenco, jazz… y vino. Cuéntenos su secreto…

Todo comenzó a raíz de ciertos reencuentros con amigos, excelentes músicos todos. Conversando con ellos surgió la queja generalizada de que tanto ciertas propuestas musicales más minoritarias como los intérpretes que las abanderaban, no podían gozar de una plataforma de expresión digna. Casi por casualidad surgió la ocasión de disponer de un espacio de Patrimonio histórico cedido  y un piano de cola y ambos factores me impulsaron a crear un festival. Fue un enorme riesgo ya que nacía de la nada, sin presupuesto, pero no faltaron las ganas y el empuje necesarios. La respuesta del público fue lo que legitimó su existencia. Me dije que si aun poniendo toda la carne en el asador el proyecto no funcionaba, lo dejaría estar… ¡pero funcionó!. Ya en Francia había tenido el privilegio de disfrutar como intérprete de entornos patrimoniales en varios recitales. Por otra parte, el mundo del vino me persigue desde niña… Mi abuelo era viticultor. Pasé un tiempo en Burdeos y más tarde viví en El Priorato de la provincia de Tarragona, una zona vitivinícola de prestigio internacional. Ciertas intervenciones en Alemania en las que se aunaba música, vino y gastronomía españoles, me dejaron un buen recuerdo que resurgió al crear el Bouquet Festival, el cual viene a consolidar de algún modo todas estas gratificantes experiencias del pasado. Acabamos de disfrutar de una segunda edición que ha afianzado el éxito de la primera.

ADF: ¿Y qué es lo que viene a continuación, con qué sueña actualmente María Parra?

Sueño con seguir siendo libre, a pesar del enorme precio que eso supone. Sueño con poder dar más y mejor de mí misma a través del lenguaje universal que es la música, a todo aquel que quiera recibirla y disfrutarla. Sueño con un país más culto, más abierto a las artes. En este sentido, y por lo que a mí respecta, seguiré aportando mi granito de arena desde el Bouquet Festival.

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